Reflexiones aleatorias en tiempos de pandemia

[Reuters - Jeenah Moon]

Es tiempo de pandemia, tiempo de quedarse en casa. Tiempo de escuchar música, de revisitar aquellas viejas películas, de leer. Tiempo, cada vez más, de ser crítico y poner criterio para escoger lo que se lee. Tiempo, sobre todo, de pensar. Y, por qué no, de escribir sobre lo que se piensa.

Queríamos autos voladores y tenemos 140 caracteres...

Esta frase que pronunció Peter Thiel en Yale es, de algún modo, el lema de los tecnoescépticos. Es realmente apasionante el debate entre estos y los tecnoutópicos en relación con el impacto efectivo de las tecnologías disruptivas en nuestra economía y, por extensión, en nuestra sociedad.

En este artículo recopilé algunas intervenciones en TED de algunos de los economistas más destacados en este debate, capitaneados por Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, de un lado, y por Robert Gordon, del otro. Setenta minutos que merece la pena invertir.

¿Pero qué ocurre en el ámbito de la salud? ¿Hemos sido capaces de aplicar las tecnologías de la información a la actividad asistencial y a la gestión de la salud pública al ritmo al que aquellas han ido evolucionando? ¿Hemos logrado mejorar nuestros sistemas de salud gracias a las indudables capacidades que aportan los sistemas de información?

La primera de las siguientes imágenes corresponde a un hospital de emergencia desplegado en Kansas en 1918 durante la epidemia de gripe que asoló el mundo. La segunda es el recinto ferial de Madrid, hoy 22 de marzo de 2020, habilitado como hospital provisional para pacientes leves de COVID-19. Hay un siglo de evolución tecnológica entre ambas fotos. Un siglo. Pero la respuesta sigue siendo la misma: más ubicaciones físicas, más camas, más médicos, más equipamiento. Una respuesta lineal frente a dos fenómenos - la extensión de la infección y la evolución de la tecnología - exponenciales.



¿Será esta crisis, por fin, el detonador de una inversión sostenida en tecnologías para la gestión de la salud que nos ayuden a llegar al siglo XXI? ¿O nos mantendremos en un estéril debate ideológico: salud privada contra salud pública?

Me gustaría pensar que el ruego, casi me parece oír el grito desesperado, de los trabajadores de los hospitales de Bérgamo - epicentro de la pandemia en Italia - será escuchado: necesitamos un plan de largo plazo para la próxima pandemia. Y añado al ruego: una inversión decidida en tecnología para afrontar los grandes desafíos de los sistemas de salud en todo el mundo: sostenibilidad económica, envejecimiento de la población o prevalencia de la cronicidad, entre otros.

Cuando el carro se ha roto, todos te dirán por dónde no tenías que haber pasado...

De entre las lecturas de estos días, me está gustando Deshaciendo Errores, de Michael Lewis. El libro recorre la vida de Daniel Kahneman y Amos Tversky, psicólogos israelíes que investigaron cómo los seres humanos emitimos juicios y formulamos predicciones en contextos de incertidumbre. Kahneman ganó el premio Nobel de Economía en 2002 (seis años después de la muerte de Tversky).

Kahneman y Tversky trabajaron desde los años setenta en los sesgos cognitivos que condicionan nuestra toma de decisiones, llevándonos a cometer errores en los juicios que emitimos. Uno de los que trabajaron inicialmente fue el sesgo de retrospección, que nos condiciona fuertemente una vez que conocemos el resultado de los acontecimientos. O sea, lo que ya decían los turcos hace muchísimo tiempo: cuando el carro se ha roto...

Añadamos al sesgo de retrospección el sesgo de confirmación y el hooliganismo político de Jason Brennan y tendremos un estupendo retrato de lo que ocurre en las redes sociales y los medios de comunicación: basura viral generada por epidemiólogos sobrevenidos y partidismos simplistas. Es la paradoja de la verdad en la era digital. Para muestra, un botón:


Hemos generado una sociedad que se ha olvidado del color gris. Todo es blanco o negro, no hay grados, no hay matices, no hay puntos de encuentro. Daniel Innerarity le ha puesto palabras a esto: "La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad."

La gestión política del desconocimiento

Otra de las lecturas de estos días es el reciente ensayo de, precisamente, Daniel Innerarity: "Una teoría de la democracia - Gobernar en el siglo XXI", teoría que traté de aplicar a la situación social que enfrenta Chile desde hace unos meses.

Innenarity pone el dedo en la llaga señalando que complejidad del siglo XXI tiene muy poco que ver con las complicaciones de la época en la que se concibieron nuestras principales nociones políticas.  Dice, acertadamente, que el problema central de nuestro tiempo es cómo adaptar nuestra venerable democracia al mundo actual sin sacrificar ninguno de sus principios. Y advierte: el futuro de la democracia depende de su capacidad de articular la creciente complejidad y desarrollar formas de gestionar unos sistemas sociales interdependientes, con propiedades emergentes y riesgos de difícil identificación y gestión.

Tenemos que acostumbrarnos a que gobernar es gestionar el desconocimiento más que el conocimiento.

Y, sin duda, sabemos mucho menos de lo que nos gustaría sobre la situación a la que nos enfrentamos con el COVID-19. Ni siquiera los mayores expertos en enfermedades infecciosas de Estados Unidos son capaces de ponerse de acuerdo en las magnitudes que debe esperar el país, incluso en algo tan próximo como los casos reales que hay ahora mismo...


Ante esta situación, creo que lo responsable es la comprensión ante la dificilísima toma de decisión que deben afrontar los gobiernos y las autoridades competentes en materia de salud. Máxime cuando estamos observando estrategia tan diferentes entre países.

Debemos ser indulgentes en el qué, sí, pero inflexibles en el cómo. No es de recibo la desconcertante  - siendo generosos en el término - gestión de la crisis que estamos observando. No hablo de Donald Trump ni de Boris Johnson, de los que no se puede esperar mucho más.

Hablo de España y el incesante baile de inconsistencias en la información entregada por unas y otras instituciones. Si no somos capaces de unificar datos básicos, ¿podemos articular una respuesta coordinada a la crisis? Si no somos capaces de ser transparentes con un dato esencial, el número de tests realmente llevados a cabo, ¿podemos reclamar confianza en la toma de decisiones?

Hablo de Chile y la dantesca situación del pasado fin de semana:
¿Están nuestros gobiernos preparados para gestionar la complejidad y el desconocimiento? Me da la sensación de que no están preparados ni siquiera para gestionar evitando la chapuza permanente.

¿Y qué pasa después?

Dentro de unas semanas - espero que las hipótesis más optimistas que hablan de estos plazos frente a las que plantean períodos de más de tres meses - la pandemia estará bajo control. Todavía no tenemos idea de a qué costo humano y económico, que en cualquier caso será muy elevado, elevadísimo.

Confío - quizás ilusamente - en que, como mencionaba más arriba, la crisis contribuya a generar un cambio radical en la manera en la que utilizamos la tecnología en los sistemas de salud. No me cabe ninguna duda de que se habilitaran las medidas económicas para que la recuperación post-pandemia sea lo más rápida posible, muy probablemente a costa de los de siempre.

Pero, ¿qué pasa con las redes y mecanismos de protección social, que van a sufrir el mismo estrés que actualmente están soportando las redes de salud? ¿Vamos a seguir planteando medidas paliativas, del tipo "más camas, más hospitales" de 1918? ¿Más subsidios condicionados, más rebajas puntuales y temporales de impuestos?

Nos encaminamos a un cambio radical de nuestro contexto laboral derivado de la digitalización de los procesos productivos. Todavía no hay acuerdo al respecto del impacto real en el empleo, pero ya es un hecho que este proceso va a ser un vector más en el incremento de la desigualdad a nivel global.

Lamentablemente, en los próximos meses nos vamos a encontrar con un "laboratorio" enorme de personas que habrán perdido sus empleos, de pequeñas empresas que habrán tenido que cerrar, de un colapso de oferta derivado del gran parón que estamos afrontado. ¿No sería este el momento de ensayar esquemas que, inevitablemente (quizás en un lustro, quizás en una década), vamos a tener que evaluar y aplicar? ¿No sería el momento de quitarnos dogmas de encima y empezar a hablar de modelos de renta básica universal o de impuesto negativo sobre la renta? ¿No podríamos, por una vez, pensar un poco en el largo plazo?

Siete libros para entender el mundo de mañ... de hoy


Cuentan que los chinos de la antigüedad, cuando querían desearle lo peor a su enemigo, usaban como maldición un enfático "¡Ojalá te toque vivir tiempos interesantes!". No sé si, en la actualidad, algún contubernio de magos orientales agazapados tras la Gran Muralla continúa conjurando el embrujo con todo su poder. Pero, sea o no ése el motivo, la realidad es que esta tercera década del siglo XXI que ya asoma a la vuelta de la esquina va a ser cualquier cosa menos aburrida. Por cuatro motivos.

En primer lugar, por la enorme crisis democrática que estamos viviendo. Latinoamérica se convulsiona, a sobresalto semanal, de Bolivia a Honduras, pasando por Ecuador o Chile, hasta hace nada sinónimo de estabilidad institucional en la región. Pero en los países más ricos la cosa no está mucho mejor: el impeachment de Donald Trump, la batalla entre los tres poderes del Estado desencadenada en el Reino Unido por Boris Johnson (*) o el ascenso generalizado de la ultraderecha en Europa.

En segundo, por la crisis del capitalismo, profundamente herido tras la explosión de la burbuja financiera de finales de la pasada década. En un escenario de vertiginoso crecimiento de la desigualdad y de extrema concentración de la riqueza, cada vez son más las voces que invitan a salvar al capitalismo de sí mismo.

Por si los dos factores anteriores no fueran suficientemente interesantes, la acelerada digitalización de nuestras vidas y economías está generando un conjunto de cambios que, en buena medida, no somos capaces de prever: en la salud, en la educación, en el envejecimiento y la longevidad, en el transporte, en casi toda la actividad empresarial, en los propios cimientos de una sociedad acostumbrada a organizarse en torno al empleo y la remuneración asociada al mismo.

Sin embargo, el tremendo impacto de estas tres transformaciones en paralelo puede verse reducido a algo irrelevante si mantenemos la flagrante irresponsabilidad que, como especie, estamos mostrando ante la emergencia climática. Una reacción urgente es necesaria pero, lamentablemente, no se percibe por ninguna parte en las cercanías de los centros de decisión.

Tiempos interesantes, sin duda. Muy interesantes. Tiempos en los que, además, la desinformación, la manipulación y el dogmatismo campan a sus anchas por redes sociales y medios de comunicación. En consecuencia, creo que es una obligación para cada uno de nosotros formarnos un criterio sobre la magnitud del problema y de los cambios asociados. Es por ello que me parece positivo compartir algunos libros que he leído en los últimos tiempos y que, en mi opinión, ofrecen una excelente perspectiva para entender lo que se nos está viniendo encima.


Sobre el impacto de lo digital en nuestra sociedad, mis autores favoritos son los profesores de la MIT Sloan School of Management Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee. De entre su obra, me quedo con "La segunda era de las máquinas", una impecable reflexión sobre el impacto social y económico que la acelerada digitalización y la exponencial evolución tecnológica  está teniendo y va a tener en el corto y medio plazo. En su momento, ya escribí una reseña sobre esta lectura.


Desde una aproximación muy distinta, eminentemente científica pero también con calado humanista, el físico, cosmólogo y profesor del MIT Max Tegmark escribe "Vida 3.0: ser humano en la era de la Inteligencia Artificial". La tesis de Tegmark es que el desarrollo de la IA vendrá marcado en sus límites únicamente por lo que establezcan las leyes de la física, lo que posibilita un escenario enormenente amplio, ante el cual tenemos dos opciones: intervenir desde ya mismo para tratar de obtener el retorno lo más beneficioso posible o ir a parar a donde la corriente nos lleve. También escribía algo, hace no mucho, acerca de este libro.


Continuando con la perspectiva humanista, la que más ha despertado mi interés (me temo que aquí no voy a sorprender a nadie) es la de Yuval Noah Harari. Claramente, "21 lecciones para el siglo XXI" es un libro que conviene revisitar con frecuencia para no perder de vista la importancia de las preguntas - me gusta entenderlo como preguntas - que a lo largo de sus páginas se plantean. Sin embargo, del historiador israelí me quedo con "Sapiens: de animales a dioses" y la construcción histórica que hace de los más profundos comportamientos humanos, determinantes para comprender muchas de las situaciones que vivimos hoy como especie.


En lo que se refiere al plano de las instituciones y el gobierno, ha capturado mi atención la reflexión crítica de Jason Brennan, profesor de Estrategia, Economía, Ética y Políticas Públicas en la Universidad de Georgetown, en "Contra la democracia". En esencia, Brennan entiende la democracia no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio de la elección del mejor gobierno posible. Es evidente - no solo lo dice Brennan: lo pensamos unos cuantos y lo demuestran Trump, Johnson y la caterva de populistas que están al frente de nuestros gobiernos - que este instrumento no está generando muy buenos resultados últimamente. Y, por tanto, debería explorarse la búsqueda de nuevas herramientas que nos permitan mejores elecciones, combatiendo, entre otros factores, los profundos desconocimiento y fanatismo que imperan entre el electorado, acrecentados por la cada vez más sencilla manipulación informativa.


¿Por qué fracasan los países? A responder esta pregunta dedican su libro homónimo el economista del MIT Daron Acemoglu y el de la Universidad de Chicago James Robinson. La obra recorre extensamente el planeta de norte a sur y de este a oeste, igual que recorre los tres últimos milenios de Historia, para repasar casos que sustentan la tesis de los autores, de Roma a los mayas, de Mobutu a Mao. Dejo el enlace a la reseña que publiqué en su día.


Finalmente, el plano económico. Tampoco voy a pecar de innovador en este apartado. Para mí, el economista francés Thomas Pikkety hace un retrato preciso del insostenible incremento de la desigualdad y la concentración de la riqueza durante el último siglo en "El capital en el siglo XXI", ante la pasividad de gobiernos e instituciones, ante la insuficiencia redistributiva de políticas tributarias y sociales.

Las que ahora cito para cerrar no son libros, pero sí lecturas de actualidad muy convenientes sobre el rol de las empresas en todo este contexto. Por una parte, la sucinta declaración de la Business Roundtable (que acoge a casi dos centenas de CEOs de las principales corporaciones norteamericanas) acerca de que el propósito de las empresas debe ser servir a todos sus grupos de interés, no solo a los accionistas. Y, complementariamente, un artículo publicado en el New York Times por Marc Benioff (CEO de Salesforce, una de las empresas más exitosas en el contexto digital) que encabeza con una frase contundente:

El sistema actual ha llevado a una profunda desigualdad. Para solucionarlo, necesitamos que las empresas y los ejecutivos valoren el propósito junto con el beneficio.

Lamentablemente, todavía no he encontrado ninguna lectura sobre la crisis climática que huya del increíble fanatismo que rodea esta discusión. Agradeceré cualquier recomendación al respecto, así como nuevas propuestas de libros, de perspectivas distintas que ayuden a sobrellevar mejor estos tiempos interesantes.

(*) De hecho, la mera circunstancia de que Donald Trump y Boris Johnson encabecen los gobiernos de dos de los países más poderosos del planeta es, en sí mismo, una muestra inequívoca de crisis democrática.

[Imagen de apertura: Noupload en Pixabay]

España y la anormalización del transporte urbano


Asistimos estos días, en Madrid y Barcelona, a un nuevo episodio del empeño del sector del taxi por ponerle puertas al campo, colapsando ambas ciudades con una huelga indefinida coincidente con dos de los eventos de negocios más importantes que se celebran en ambas ciudades: Fitur y el World Mobile Congress, respectivamente. El espectáculo está siendo bochornoso.

Por una parte, un colectivo atrincherado en un esquema monopólico regulado, con ingresos protegidos y escudado normativamente ante la competencia, algo que pudo tener sentido en su momento pero que hace tiempo ha dejado de tenerlo. Y que plantea peticiones absurdas, como establecer un tiempo mínimo entre que se solicita el Uber/Cabify de turno y éste puede atender la petición (¡se habla de horas!). El siguiente paso lo dará el comercio pidiendo que Amazon tarde al menos tres días en realizar sus entregas.

De fondo, el verdadero motivo: la especulación y la consiguiente burbuja de las licencias de taxi, cuyo precio en el mercado secundario ha aumentado casi un 150% en Barcelona (ajustado por inflación), según este artículo de El Confidencial del cual he extraído la gráfica siguiente. Una burbuja concentrada en muy pocas manos: el monopolio dentro del monopolio. Una burbuja que solo se sostiene por una regulación que restringe artificialmente la oferta en un entorno de actividad que debería estar plenamente liberalizado (pero no lo está, como tantos otros en España).


Pero el mayor drama es la actuación de las diferentes administraciones, con independencia de la etapa de gobierno (éste es un problema enquistado desde hace ya varios años). Una actuación, desde mi punto de vista, cobarde y miope.

Cobarde porque cede, una vez más, ante las presiones del lobby incumbente para mantener sus prerrogativas; porque defiende los (supuestos) derechos de una parte en perjuicio de los de otra y, sobre todo, en perjuicio del interés general de los consumidores.

Cobarde, porque cada nivel de la administración trata de quitarse el problema de encima para endosárselo a otro. El marco jurídico español establece que la gestión de las licencias del taxi corresponde a los municipios. Hasta ahora, Uber o Cabify operan bajo licencias VTC (también restringidas en número), cuya gestión era competencia hasta la fecha del Ministerio de Fomento, quien muy hábilmente se la ha endosado a las comunidades autónomas vía decreto: ya no es mi problema, ahora es el tuyo. Si la solución no parecía sencilla, imaginemos en lo que puede derivar con una norma local en cada ciudad y diecisiete normas autonómicas diferentes. Esta situación solo admite una descripción: se está eludiendo la responsabilidad política que conlleva manejar una actividad vital en los entornos urbanos.

Miope, porque actúa a golpe de urgencia y de presión, pero sin atacar el problema de fondo: la existencia de un mercado artificialmente restringido sin un motivo para que sea así. Porque desaprovecha la oportunidad de transformar completamente el marco normativo eliminando las citadas restricciones e incorporando criterios justos y uniformes de tributación, seguridad, empleo, calidad y aprovechamiento de las posibilidades de la tecnología (a través de la explotación de los datos que esta actividad genera en provecho de la planificación de la movilidad urbana o de las posibilidades de mejora de la calidad del servicio que reciben los consumidores).

Miope, especialmente, porque renuncia a abordar integralmente uno de los principales problemas de la áreas metropolitanas: la movilidad. Las ciudades de todo el mundo asisten a una revolución tecnológica que presenta un inmenso potencial de mejora de las condiciones de movilidad, tanto de personas como de mercancías, que culminará con la cada vez más cercana llegada del vehículo autónomo. Las autoridades españolas no son capaces de verlo, de aprovechar la oportunidad que ello supone y de dos de sus derivadas inmediatas: el fortalecimiento del emprendimiento tecnológico asociado y el impacto ambiental.

Mi estado de frustración ante esta situación se eleva porque, coincidiendo con los días álgidos de la huelga, llegan a mis manos dos lecturas.

Por un lado, la consulta pública que la Autoridad de Transporte de Singapur ha lanzado para actualizar la normativa de lo que denomina transporte punto a punto (P2P). Un gobierno, el de Singapur, que lleva interviniendo activamente en la modernización del sector desde 1998, año en el que desregula tarifas para, en 2003, liberalizarlo completamente. Desde entonces, ha continuado avanzando en esta línea. En el texto sometido a consulta, la Autoridad de Transporte reconoce el importante rol del transporte P2P y cómo los viajeros se benefician de una oferta más adecuada a la demanda, al tiempo que los conductores tienen más opciones para emplearse. Todo ello, bajo el marco regulador adecuado.

Por otro, leo en TechCrunch un artículo titulado "Welcome to the abnormalization of transportation", del cual he tomado el título de este post y que relata cómo se está viviendo este mismo proceso en Estados Unidos. Comienza así:

Incluso sin coches voladores, Los Ángeles se encuentra en medio de una transformación radical en la movilidad. Todos los barrios, desde el centro hasta Silicon Beach, han sido alfombrados con bicicletas y scooters. La revolución de Uber y Lyft se enfrenta a la competencia de varios vehículos de dos ruedas y Via lanzará pronto su servicio de ridesharing. Flixbus apunta a la ciudad como su centro para el servicio de autobuses privados interurbano. Y el lujoso autobús de Cabin (en la foto) viene ofreciendo una alternativa premium a Megabus desde y hacia San Francisco desde hace ya meses.


Los Ángeles no es una excepción entre las ciudades norteamericanas. Al contrario, es Arizona quien se lleva la palma como laboratorio para el ensayo de innovaciones, particularmente del vehículo autónomo. El contraste es pavoroso.

El artículo cierra con tres recomendaciones destinadas a los responsables políticos para lograr sistemas de transporte más equitativos, eficientes y respetuosos con el medio ambiente. Recomendaciones que harían muy bien en leer las autoridades españolas:

  1. No está nada claro cómo estas tecnologías disruptivas y multimodales encajarán entre sí. Ni es sencillo determinar cuál es el marco normativo adecuado para gobernar este rompecabezas. Pero sobre lo que no hay la más mínima duda es sobre su potencial. Hay que experimentar, interiorizar que la certidumbre regulatoria es un problema en el contexto digital.
  2. No hay que elegir entre ganadores y perdedores. Los únicos ganadores deben ser el ciudadano y el medio ambiente. Si alguien se ha dedicado a especular con licencias, en un mercado artificialmente restringido, deberá asumir las consecuencias. Debemos dejar que el mercado determine si estas tecnologías tendrán éxito y qué compañías deben implementarlas. Las ciudades deben desempeñar un papel de orquestador, facilitando las conexiones entre las nuevas tecnologías y la infraestructura de tránsito existente, estableciendo marcos justos pero flexibles. La alternativa es matar la innovación antes de que nazca.
  3. Es necesario afrontar el desafío, no deshacerse de la responsabilidad asociada. El futuro de la movilidad urbana pasa por la innovación tecnológica. Es la apertura de miras, no las sanciones ni las restricciones, la que permitirá a las ciudades dar la bienvenida a este futuro del transporte y aprovechar todo su potencial transformador.
Los gobiernos - también los latinoamericanos - deben, de una vez por todas, tomar conciencia plena de la necesidad de una reflexión urgente y profunda sobre el impacto que las tecnologías disruptivas están ya teniendo en numerosos ámbitos, entre ellos el de la movilidad urbana. Deben desplegar una acción política enérgica, urgente y sostenida en el medio plazo. Y no, desde luego, enfocada a medidas impositivas o restrictivas que alejen la inversión en innovación y el empleo calificado hacia otras latitudes.

Es cierto que el nuevo contexto digital viene a generar una elevada situación de incertidumbre económica y social. Pero mantenerse anclados en los paradigmas del pasado, agarrarse al statu quo no puede ser una opción. Los gobiernos deben asumir de manera inequívoca su responsabilidad de liderazgo en la transformación digital de ciudades y países; deben anticiparse, no reaccionar, a los cambios económicos y sociales que están en proceso.

La anormalización del transporte es un enorme desafío para gobiernos locales y legisladores. Pero, sin duda, es un camino que vale la pena recorrer. Con valentía.

[Imagen de apertura: CityAirbus]

La tecnología: punto de encuentro entre el desarrollo económico y el social


Dice el BID en su informe Panorama de las Administraciones Públicas de Latinoamérica y Caribe de 2017: “Las desigualdades plantean un desafío crítico para los gobiernos. No sólo afectan el crecimiento económico y crean malestar social, sino que también dificultan el acceso a oportunidades y servicios públicos básicos.” Tras señalar que América Latina y el Caribe (ALC) sigue siendo la región más desigual del mundo, concluye: “Los gobiernos de ALC necesitarán diseñar e implementar políticas que promuevan un fuerte crecimiento económico y creación de empleo, mientras continúan trabajando para garantizar un acceso más equitativo a servicios costo efectivos a la población.”

Efectivamente, los gobiernos latinoamericanos vienen articulando su agenda política en torno a dos grandes ejes, pero no han logrado que ambos dialoguen. Es más, en algunos casos (en las recientes presidenciales chilenas, sin ir más lejos) se presentan ante la ciudadanía en la discusión pública - equivocadamente - como prioridades contrapuestas y casi irreconciliables.

En una esquina del cuadrilátero se encuentra el conjunto de políticas sociales y de igualdad de oportunidades. La entrega de servicios públicos esenciales (educación, salud, justicia, seguridad…), la modernización del Estado en sentido amplio (transparencia, empleo público, descentralización, eficiencia…) y las políticas sociales propiamente dichas (familia y prestaciones sociales, empleo, pensiones…) conforman este gran epígrafe de la acción de gobierno.

En la opuesta, la agenda de crecimiento económico y competitividad, encaminada a acelerar la transición desde una matriz productiva basada en los recursos naturales hacia la economía digital basada en el conocimiento. Acá encontramos las políticas en materia de capital humano, productividad empresarial, innovación y emprendimiento, internacionalización económica, modernización del mercado laboral, etc.

Desde mi punto de vista, dos ejes de acción transversales – desarrollo tecnológico aplicado por una parte e impulso serio de la evolución a la economía digital por otra – serían la base no solo para potenciar individualmente cada uno de los dos grupos de políticas, sino para dar coherencia global y compatibilizar las agendas de desarrollo económico y social.

¿No es racional pensar que, por ejemplo, la transformación digital de la salud pública, además de mejorar sustancialmente la calidad de ésta, podrá inducir innovación y empleo cualificado y, en tanto problemática compartida en toda la Región, exportaciones de valor añadido?

La clave principal está en la acción transversal de gobierno

Pero la necesaria transversalidad choca de bruces con el funcionamiento en silos - descoordinados en buena parte de los casos, incongruentes y hasta contradictorios en no pocas ocasiones - de los diferentes ministerios y departamentos de gobierno. Transformar económica y socialmente un país requiere una mirada integral al impacto que la adopción creciente de tecnologías digitales puede generar en el mismo:

  • Desde una perspectiva completa de la Administración Pública, en sus diferentes niveles (nacional, regional, local) y acorde su peso en la economía del país (en torno al 25% del PIB).
  • Considerando las tecnologías digitales como palancas transversales de productividad y desarrollo económico y social.
  • Considerándolas, asimismo, como habilitadores esenciales en la mejora de la calidad y capilaridad de los servicios públicos.
  • Bajo un prisma de cooperación público-privada, como único mecanismo viable para el desarrollo digital de un país.
  • Y como política de impulso desde la demanda de una industria específica, la de las tecnologías digitales, llamada a cobrar un peso cada vez más relevante en la matriz productiva y laboral latinoamericana.

Sí, es imprescindible una evolución clara en la consideración de las políticas de desarrollo digital y modernización del Estado: es tiempo de que dejen de ser un capítulo más en programas y agendas y se conviertan en un instrumento efectivo para lograr un impacto transversal en la acción de gobierno. Lo cual, por cierto, nunca será posible sin un liderazgo claro en su diseño y ejecución, tanto orgánico como político y presupuestario: algo de lo que estamos muy lejos en la gran mayoría de los países.


Según mi manera de verlo, el enfoque adecuado para estas políticas debe combinar tres aproximaciones:

  • La pragmática, basada en la adopción de las tecnologías digitales en aquellos ámbitos (de servicio público y/o actividad económica) que se pueden beneficiar de la misma directamente y en el corto/medio plazo.
  • La audaz, basada en la búsqueda de espacios de transformación y leapfrogging, desde una mirada tanto de cambio de modelo productivo, exportación de valor añadido y apalancamiento en las ventajas comparativas del país, como de mejora radical de los servicios públicos.
  • La estructural, basada en establecer políticas transversales que sirvan como soporte de largo plazo a los diferentes ámbitos de actuación que se proponen seguidamente.

Los espacios para actuar

Así pues, tenemos hasta el momento las siguientes ideas: política integral y transversal al gobierno, liderazgo efectivo cercano a los centros de decisión y combinación de perspectivas pragmáticas, audaces y estructurales. Ahora bien, ¿cómo, a qué y cuándo aplicar esas ideas?

Para no hacer eterno este artículo, la respuesta a esa pregunta quedará para uno próximo. Simplemente introduzco en la siguiente figura un framework para las políticas de desarrollo digital que enmarca las ideas presentadas en los párrafos anteriores y que creo puede dar respuesta al desafío de ordenar la acción de gobierno en este ámbito:

  • Arquitectura institucional transversal al gobierno
  • Medidas basales o estructurales de medio y largo plazo
  • Iniciativas para la adopción y la innovación digitales (al igual que para el punto anterior, los contenidos de los cuadros son meramente ilustrativos)
  • Espectro de actuación que abarca desde los servicios públicos hasta la economía digital



Regreso al punto de partida. No, no es ni mucho menos imposible conciliar la búsqueda de la mejora de oportunidades y la reducción de la desigualdad con la transformación del modelo productivo y el impulso del crecimiento económico. Y, muy probablemente, la principal clave para lograr esa conciliación es la tecnología.

[Referencias de las imágenes: cabecera salud e intermedia industria 4.0]

Las factorías de followers y el mea culpa de Jack Dorsey


Hace unos días, se hacía público el auto del fiscal Robert S. Mueller sobre la intervención de Rusia en las elecciones presidenciales de Estados Unidos que condujeron a Donald Trump a la Casa Blanca. Y sus conclusiones parecen claras: se habría orquestado una potente (y cara) maquinaria rusa a través de las redes sociales para, efectivamente, tratar de influir en el resultado del proceso electoral.

Poco antes, el New York Times destapaba, en un magnífico artículo, el negocio de las factorías de followers, la nueva economía negra 2.0: millones de dólares destinados a fraude en redes sociales que incluye cuentas y seguidores falsos, bots insaciables y robo de identidades, ante la inacción, pasividad, indiferencia o incluso complicidad de Twitter, Facebook y demás.

Devumi, una compañía que promete “acelerar tu crecimiento social” y que tiene por clientes a online influencers que van desde deportistas y cocineros a artistas y políticos, ha vendido 200 millones de seguidores en Twitter a 39.000 clientes, facturando más de seis millones de dólares. Tras el artículo del Times, el Fiscal General de Nueva York abrió una investigación sobre Devumi. Casualmente, el servicio de venta de followers de Devumi aparece como no disponible en su web (aunque sigue vendiendo suscriptores para canales de YouTube).



La realidad es que las redes sociales empezaron siendo un lugar estupendo para relacionarte con tus amigos y familiares, para dar rienda suelta inofensivamente a esa tendencia al exhibicionismo que todos tenemos, e incluso para relacionarnos con nuestros cocineros, futbolistas, cantantes o marcas favoritos. Pero, como dice María Ramírez, ahora son una máquina de propaganda y un mortal enemigo de los medios tradicionales en la captura del ingreso por el click. Sea el click que sea, eso no importa: el precio lo paga el discurso público.


Esta misma semana, el fundador y CEO de Twitter, Jack Dorsey, entonaba - ¡al fin! – un mea culpa que sonaba sincero. Dorsey dice varias cosas interesantes:

Nos encantan los mensajes y conversaciones instantáneos, públicos y globales. Eso es Twitter y por eso estamos aquí. Pero no predijimos ni comprendimos completamente las consecuencias negativas en el mundo real. Las reconocemos ahora, y estamos decididos a encontrar soluciones integrales y justas.

Hemos sido testigos de abusos, hostigamiento, ejércitos de trolls, manipulación a través de bots y humanos coordinados, campañas de desinformación y cámaras de eco cada vez más divisivas. No estamos orgullosos de cómo las personas han aprovechado nuestro servicio ni de nuestra incapacidad para abordarlo lo suficientemente rápido.

Lo que sabemos es que debemos comprometernos con un conjunto riguroso e independiente de métricas para medir la “salud” de las conversaciones públicas en Twitter. Y debemos comprometernos a compartir nuestros resultados públicamente para beneficiar a todos los que participan de la conversación.

Todo lo anterior no hace sino acentuar la crisis de la verdad en la era digital que comentábamos en un artículo anterior: la desinformación en las redes sociales es un problema muy serio. Y la independencia de los medios, otro más grave aún. Nos enfrentamos a una paradoja: la tecnología ha hecho la información instantánea, directa y ubicua… en perjuicio de la verdad.

Ya, pero ¿dónde están las raíces de este problema? Todo apunta a dos lugares. Por una parte, al comportamiento humano – limitada atención y menor criterio – en un contexto de inundación informativa.

No, no es una mera apreciación intuitiva y gratuita. Scientific American explica en este artículo cómo incluso en un mundo perfecto, donde todo el mundo quiere compartir noticias reales y es capaz de evaluar la veracidad de cada publicación, las noticias falsas todavía llegarían a miles (o incluso millones) de personas, simplemente debido a la sobrecarga de información. O, más prosaicamente:

It is often impossible to see everything that comes into one’s news feed, let alone confirm it. If you live in a world where you are bombarded with junk—even if you’re good at discriminating— […] you still may share misinformation.

El modelo matemático original se publicó en Nature bajo un título sumamente descriptivo: “Limited individual attention and online virality of low-quality information”. Sus autores sostienen que tres factores explican la incapacidad de una red para distinguir la verdad de la falsedad, incluso aunque los individuos puedan: la enorme cantidad de información que existe, la cantidad limitada de tiempo y atención que podemos dedicar a ella y la estructura de las redes sociales subyacentes. Los tres conspiran para difundir la peor información a expensas de la mejor. El modelo establece una correlación muy débil entre la calidad y la popularidad de la información; predice, además, que la información de mala calidad tiene tanta probabilidad de hacerse viral como la de buena.

La segunda causa tiene que ver con los modelos de negocio asociados al así llamado capitalismo digital, modelos que fomentan el sensacionalismo, el click por el click, la viralidad por encima de la veracidad. The Guardian – obviamente juez y parte en este dilema – publicaba hace un año un artículo demoledor contra la voracidad de los gigantes digitales, de los frightful five.

The problem is not fake news but a digital capitalism that makes it profitable to produce false but click-worthy stories

Y hasta aquí lo fácil: la descripción de la solución y el atrevimiento para intentar sentar las causas. ¿Por dónde van las soluciones, entonces?

Quizás lo más sencillo sea identificar por dónde NO van las soluciones. Desde luego, por lo antes indicado, parece que no nos podemos fiar al comportamiento humano. Y menos en un contexto en el que las redes sociales evolucionan y van ocupando paulatinamente el lugar que le correspondía a la televisión: son las encargadas de entretenernos más que de informarnos, de hacernos sentir más que de hacernos pensar.

Tampoco parece que el camino sea contratar ejércitos de humanos que, como en Google o en Facebook, se dediquen a revisar manualmente la credibilidad de las informaciones. Aunque, sin duda, sería una gran fuente de empleo: la compañía de Mark Zuckerberg ya dispone de más de 8.000 empleados dedicados a estas labores.

Y me da auténtico pánico pensar en leyes, regulación e intervención gubernamental sobre contenidos en redes sociales. Con una China y los patéticos intentos del gobierno de España para emularla ya nos llega.


Es más que probable que la solución pase por el desarrollo tecnológico, por la aplicación de inteligencia artificial y algorítmica a los contenidos, sus fuentes y sus patrones de difusión a través de Facebook o Google. El propio Jack Dorsey en su tweet hace referencia a medir algorítmicamente la “salud” de las conversaciones en Twitter, a partir de una propuesta de Cortico, una iniciativa surgida del MIT Media Lab cuya meta es precisamente esa: desarrollar métricas de salud de las conversaciones públicas mediante de big data y analítica avanzada. ¡Pero ojo con el big data y con los robots censores!

Mientras la ciencia de datos avanza en su aplicación a esta problemática, una solución transitoria y parcial puede provenir de sitios independientes que verifiquen la veracidad de las principales noticias publicadas conforme a unos principios claros y auditados; sitios como Snopes, Politifact o factcheck.org. Aunque, ¿quién vigila al vigilante? Quizás el crowdsourcing pudiera contribuir a avanzar en este terreno.

Otros proponen migrar los canales. Iniciativas como Politibot, un chatbot a través de Facebook Messenger que incluso se atreve a desafiar las cámaras de eco (por cierto, yo interactúo diariamente con él y merece mucho la pena); o tratar de solventar la mínima fricción de los formatos de las redes sociales a través de podcasts o píldoras de vídeo que ralenticen la naturaleza de la interacción por parte de los usuarios.

Y, finalmente, hay quien piensa que los dos puntos anteriores son el medicamento que suaviza los síntomas pero no ataca de raíz la enfermedad. Que la única solución es repensar los fundamentos del capitalismo digital.

We need to make online advertising – and its destructive click-and-share drive – less central to how we live, work and communicate

Suena muy bien, pero ¿cómo se definen los nuevos fundamentos? ¿quién y cómo los aplica? ¿cuánto tiempo tardará en implantarse si es que realmente se puede implantar?

Desde luego, las soluciones no son sencillas. Pero, como dice Jack Dorsey, si no reconocemos que el problema es grande y nos comprometemos a buscarlas inmediatamente, quizás dejen de ser complejas y se vuelvan inexistentes.

[Acreditación de la imagen de cabecera]

La paradoja de la verdad en la era digital


Los recientes acontecimientos en Cataluña en torno a su proceso de independencia han puesto de manifiesto, en toda su crudeza, la crisis de información – crisis de verdad creo que es más acertado – que asola a la sociedad digital.

Como dice Alex Grijelmo, se ha llegado a la paradójica situación de que la gente ya no se cree nada y a la vez es capaz de creerse cualquier cosa. Incluso algo que admite tan poca discusión y que es tan fácilmente comprobable como el lugar de nacimiento del presidente de Estados Unidos genera controversia durante meses.


En este contexto, varios neologismos han llegado para quedarse. Fake news, posverdad, clickbait o fact-checking vienen a unirse a conceptos como cámara de eco en una dramática descripción del menú diario de desinformación de cualquier ciudadano de la calle.

Hay quien le echa la culpa a Twitter y a Facebook. Evidentemente, las redes sociales son parte del problema, pero solo parte. Son inmensas distribuidoras – que no creadoras, aunque sin duda cómplice necesario – de titulares en los que lo de menos es la verdad y lo de más los clicks, alimentadas por la limitada atención y el menor criterio que sus lectores ponemos en un contexto de inundación informativa.

Pero, en mi opinión, el meollo de la cuestión está en la deriva de los medios de comunicación – los tradicionales en su traumática reconversión y los nativos digitales –, quienes todavía no han encontrado su espacio, su formato y su viabilidad en el contexto digital.

La prensa ya no es un diseminador de noticias e información, dice Owen Jones en The Guardian. Es un sofisticado vehículo de adoctrinamiento político y lobbysmo, en defensa de los intereses de los grandes grupos económicos que los poseen, ya sean periódicos o cadenas de televisión. Es cierto, la buena información es cara. Pero la independencia es todavía más cara.

Finalmente, los propios gobiernos y los poderes políticos en general se unen a la bacanal de desinformación cada vez con más alegría. Mientras con una mano promueven políticas de transparencia, con la otra distorsionan la realidad – cuando no abiertamente mienten – en favor de sus intereses. Algunos lo hacen varias veces al día, casi cada vez que abren la boca o utilizan Twitter.


El círculo se cierra regresando a Google y a Facebook, a los gigantes digitales que los medios de comunicación sitúan en el epicentro del fenómeno: la muerte de los medios tradicionales – la televisión es casi un objeto de museo entre los millennials, solo superado por el periódico de papel – en favor del capitalismo digital y de unos modelos de negocio que fomentan el sensacionalismo, el click por el click, la viralidad por encima de la veracidad.

Infographic: Young Americans Turn Their Backs on Traditional TV | Statista You will find more statistics at Statista

Se encuentre donde se encuentre el problema, el hecho es que los medios en su conjunto moldean los términos del debate público y, en consecuencia, influyen decisivamente en los comportamientos de la sociedad. La situación no es trivial: hasta los procesos electorales en los países más desarrollados del mundo ven cuestionada su legitimidad.

No, la situación no es en absoluto trivial: está afectando a la salud democrática incluso allí donde se encuentra más consolidada.

En un nuevo artículo repasaremos qué se está haciendo o se plantea hacer para abordar este escenario de crisis de la verdad. Mientras, a modo de inmejorable epílogo, recomiendo una lectura interesantísima que retrata de maravilla la realidad de la información en nuestra década.

Juan Luis Cebrián es el Consejero Delegado del Grupo Prisa, uno de los principales grupos de comunicación en España, propietario del otrora prestigioso diario El País  o de la Cadena Ser, principal emisora de radio española. En una reciente intervención pública, ha dicho Cebrián muchas verdades. Ha alertado del impacto de la posverdad en la democracia. Dice que en Internet, convertido en un basurero de opiniones, impera la falta de rigor y la credibilidad. Indica que estamos ante un cambio fundamental en la formación de la opinión pública, que enfrenta la cada vez más difícil tarea de distinguir lo auténtico de lo que no lo es.

Pero, aun reconociendo que la prensa escrita atraviesa por una crisis terminal, sin encontrar un modelo para sobrevivir, dispara a todo cuanto encuentra – desde la pasividad del Gobierno hasta los sistemas organizados para generar desinformación y chantajes – sin el menor atisbo de autocrítica.

Que así piense quien durante 40 años ha liderado el más importante diario de España, ejemplo palpable del deterioro de los medios antes mencionado (y envuelto en una reciente polémica en cuanto a su control en una situación económica muy complicada), es a mi juicio tremendamente sintomático.

Sí, la desinformación en las redes sociales es un problema muy serio. Y la independencia de los medios, otro más grave aún. Nos enfrentamos a una paradoja: la tecnología ha hecho la información instantánea, directa y ubicua… en perjuicio de la verdad.

[Acreditación de la imagen de cabecera]