Reflexiones aleatorias en tiempos de pandemia

[Reuters - Jeenah Moon]

Es tiempo de pandemia, tiempo de quedarse en casa. Tiempo de escuchar música, de revisitar aquellas viejas películas, de leer. Tiempo, cada vez más, de ser crítico y poner criterio para escoger lo que se lee. Tiempo, sobre todo, de pensar. Y, por qué no, de escribir sobre lo que se piensa.

Queríamos autos voladores y tenemos 140 caracteres...

Esta frase que pronunció Peter Thiel en Yale es, de algún modo, el lema de los tecnoescépticos. Es realmente apasionante el debate entre estos y los tecnoutópicos en relación con el impacto efectivo de las tecnologías disruptivas en nuestra economía y, por extensión, en nuestra sociedad.

En este artículo recopilé algunas intervenciones en TED de algunos de los economistas más destacados en este debate, capitaneados por Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, de un lado, y por Robert Gordon, del otro. Setenta minutos que merece la pena invertir.

¿Pero qué ocurre en el ámbito de la salud? ¿Hemos sido capaces de aplicar las tecnologías de la información a la actividad asistencial y a la gestión de la salud pública al ritmo al que aquellas han ido evolucionando? ¿Hemos logrado mejorar nuestros sistemas de salud gracias a las indudables capacidades que aportan los sistemas de información?

La primera de las siguientes imágenes corresponde a un hospital de emergencia desplegado en Kansas en 1918 durante la epidemia de gripe que asoló el mundo. La segunda es el recinto ferial de Madrid, hoy 22 de marzo de 2020, habilitado como hospital provisional para pacientes leves de COVID-19. Hay un siglo de evolución tecnológica entre ambas fotos. Un siglo. Pero la respuesta sigue siendo la misma: más ubicaciones físicas, más camas, más médicos, más equipamiento. Una respuesta lineal frente a dos fenómenos - la extensión de la infección y la evolución de la tecnología - exponenciales.



¿Será esta crisis, por fin, el detonador de una inversión sostenida en tecnologías para la gestión de la salud que nos ayuden a llegar al siglo XXI? ¿O nos mantendremos en un estéril debate ideológico: salud privada contra salud pública?

Me gustaría pensar que el ruego, casi me parece oír el grito desesperado, de los trabajadores de los hospitales de Bérgamo - epicentro de la pandemia en Italia - será escuchado: necesitamos un plan de largo plazo para la próxima pandemia. Y añado al ruego: una inversión decidida en tecnología para afrontar los grandes desafíos de los sistemas de salud en todo el mundo: sostenibilidad económica, envejecimiento de la población o prevalencia de la cronicidad, entre otros.

Cuando el carro se ha roto, todos te dirán por dónde no tenías que haber pasado...

De entre las lecturas de estos días, me está gustando Deshaciendo Errores, de Michael Lewis. El libro recorre la vida de Daniel Kahneman y Amos Tversky, psicólogos israelíes que investigaron cómo los seres humanos emitimos juicios y formulamos predicciones en contextos de incertidumbre. Kahneman ganó el premio Nobel de Economía en 2002 (seis años después de la muerte de Tversky).

Kahneman y Tversky trabajaron desde los años setenta en los sesgos cognitivos que condicionan nuestra toma de decisiones, llevándonos a cometer errores en los juicios que emitimos. Uno de los que trabajaron inicialmente fue el sesgo de retrospección, que nos condiciona fuertemente una vez que conocemos el resultado de los acontecimientos. O sea, lo que ya decían los turcos hace muchísimo tiempo: cuando el carro se ha roto...

Añadamos al sesgo de retrospección el sesgo de confirmación y el hooliganismo político de Jason Brennan y tendremos un estupendo retrato de lo que ocurre en las redes sociales y los medios de comunicación: basura viral generada por epidemiólogos sobrevenidos y partidismos simplistas. Es la paradoja de la verdad en la era digital. Para muestra, un botón:


Hemos generado una sociedad que se ha olvidado del color gris. Todo es blanco o negro, no hay grados, no hay matices, no hay puntos de encuentro. Daniel Innerarity le ha puesto palabras a esto: "La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad."

La gestión política del desconocimiento

Otra de las lecturas de estos días es el reciente ensayo de, precisamente, Daniel Innerarity: "Una teoría de la democracia - Gobernar en el siglo XXI", teoría que traté de aplicar a la situación social que enfrenta Chile desde hace unos meses.

Innenarity pone el dedo en la llaga señalando que complejidad del siglo XXI tiene muy poco que ver con las complicaciones de la época en la que se concibieron nuestras principales nociones políticas.  Dice, acertadamente, que el problema central de nuestro tiempo es cómo adaptar nuestra venerable democracia al mundo actual sin sacrificar ninguno de sus principios. Y advierte: el futuro de la democracia depende de su capacidad de articular la creciente complejidad y desarrollar formas de gestionar unos sistemas sociales interdependientes, con propiedades emergentes y riesgos de difícil identificación y gestión.

Tenemos que acostumbrarnos a que gobernar es gestionar el desconocimiento más que el conocimiento.

Y, sin duda, sabemos mucho menos de lo que nos gustaría sobre la situación a la que nos enfrentamos con el COVID-19. Ni siquiera los mayores expertos en enfermedades infecciosas de Estados Unidos son capaces de ponerse de acuerdo en las magnitudes que debe esperar el país, incluso en algo tan próximo como los casos reales que hay ahora mismo...


Ante esta situación, creo que lo responsable es la comprensión ante la dificilísima toma de decisión que deben afrontar los gobiernos y las autoridades competentes en materia de salud. Máxime cuando estamos observando estrategia tan diferentes entre países.

Debemos ser indulgentes en el qué, sí, pero inflexibles en el cómo. No es de recibo la desconcertante  - siendo generosos en el término - gestión de la crisis que estamos observando. No hablo de Donald Trump ni de Boris Johnson, de los que no se puede esperar mucho más.

Hablo de España y el incesante baile de inconsistencias en la información entregada por unas y otras instituciones. Si no somos capaces de unificar datos básicos, ¿podemos articular una respuesta coordinada a la crisis? Si no somos capaces de ser transparentes con un dato esencial, el número de tests realmente llevados a cabo, ¿podemos reclamar confianza en la toma de decisiones?

Hablo de Chile y la dantesca situación del pasado fin de semana:
¿Están nuestros gobiernos preparados para gestionar la complejidad y el desconocimiento? Me da la sensación de que no están preparados ni siquiera para gestionar evitando la chapuza permanente.

¿Y qué pasa después?

Dentro de unas semanas - espero que las hipótesis más optimistas que hablan de estos plazos frente a las que plantean períodos de más de tres meses - la pandemia estará bajo control. Todavía no tenemos idea de a qué costo humano y económico, que en cualquier caso será muy elevado, elevadísimo.

Confío - quizás ilusamente - en que, como mencionaba más arriba, la crisis contribuya a generar un cambio radical en la manera en la que utilizamos la tecnología en los sistemas de salud. No me cabe ninguna duda de que se habilitaran las medidas económicas para que la recuperación post-pandemia sea lo más rápida posible, muy probablemente a costa de los de siempre.

Pero, ¿qué pasa con las redes y mecanismos de protección social, que van a sufrir el mismo estrés que actualmente están soportando las redes de salud? ¿Vamos a seguir planteando medidas paliativas, del tipo "más camas, más hospitales" de 1918? ¿Más subsidios condicionados, más rebajas puntuales y temporales de impuestos?

Nos encaminamos a un cambio radical de nuestro contexto laboral derivado de la digitalización de los procesos productivos. Todavía no hay acuerdo al respecto del impacto real en el empleo, pero ya es un hecho que este proceso va a ser un vector más en el incremento de la desigualdad a nivel global.

Lamentablemente, en los próximos meses nos vamos a encontrar con un "laboratorio" enorme de personas que habrán perdido sus empleos, de pequeñas empresas que habrán tenido que cerrar, de un colapso de oferta derivado del gran parón que estamos afrontado. ¿No sería este el momento de ensayar esquemas que, inevitablemente (quizás en un lustro, quizás en una década), vamos a tener que evaluar y aplicar? ¿No sería el momento de quitarnos dogmas de encima y empezar a hablar de modelos de renta básica universal o de impuesto negativo sobre la renta? ¿No podríamos, por una vez, pensar un poco en el largo plazo?

Siete libros para entender el mundo de mañ... de hoy


Cuentan que los chinos de la antigüedad, cuando querían desearle lo peor a su enemigo, usaban como maldición un enfático "¡Ojalá te toque vivir tiempos interesantes!". No sé si, en la actualidad, algún contubernio de magos orientales agazapados tras la Gran Muralla continúa conjurando el embrujo con todo su poder. Pero, sea o no ése el motivo, la realidad es que esta tercera década del siglo XXI que ya asoma a la vuelta de la esquina va a ser cualquier cosa menos aburrida. Por cuatro motivos.

En primer lugar, por la enorme crisis democrática que estamos viviendo. Latinoamérica se convulsiona, a sobresalto semanal, de Bolivia a Honduras, pasando por Ecuador o Chile, hasta hace nada sinónimo de estabilidad institucional en la región. Pero en los países más ricos la cosa no está mucho mejor: el impeachment de Donald Trump, la batalla entre los tres poderes del Estado desencadenada en el Reino Unido por Boris Johnson (*) o el ascenso generalizado de la ultraderecha en Europa.

En segundo, por la crisis del capitalismo, profundamente herido tras la explosión de la burbuja financiera de finales de la pasada década. En un escenario de vertiginoso crecimiento de la desigualdad y de extrema concentración de la riqueza, cada vez son más las voces que invitan a salvar al capitalismo de sí mismo.

Por si los dos factores anteriores no fueran suficientemente interesantes, la acelerada digitalización de nuestras vidas y economías está generando un conjunto de cambios que, en buena medida, no somos capaces de prever: en la salud, en la educación, en el envejecimiento y la longevidad, en el transporte, en casi toda la actividad empresarial, en los propios cimientos de una sociedad acostumbrada a organizarse en torno al empleo y la remuneración asociada al mismo.

Sin embargo, el tremendo impacto de estas tres transformaciones en paralelo puede verse reducido a algo irrelevante si mantenemos la flagrante irresponsabilidad que, como especie, estamos mostrando ante la emergencia climática. Una reacción urgente es necesaria pero, lamentablemente, no se percibe por ninguna parte en las cercanías de los centros de decisión.

Tiempos interesantes, sin duda. Muy interesantes. Tiempos en los que, además, la desinformación, la manipulación y el dogmatismo campan a sus anchas por redes sociales y medios de comunicación. En consecuencia, creo que es una obligación para cada uno de nosotros formarnos un criterio sobre la magnitud del problema y de los cambios asociados. Es por ello que me parece positivo compartir algunos libros que he leído en los últimos tiempos y que, en mi opinión, ofrecen una excelente perspectiva para entender lo que se nos está viniendo encima.


Sobre el impacto de lo digital en nuestra sociedad, mis autores favoritos son los profesores de la MIT Sloan School of Management Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee. De entre su obra, me quedo con "La segunda era de las máquinas", una impecable reflexión sobre el impacto social y económico que la acelerada digitalización y la exponencial evolución tecnológica  está teniendo y va a tener en el corto y medio plazo. En su momento, ya escribí una reseña sobre esta lectura.


Desde una aproximación muy distinta, eminentemente científica pero también con calado humanista, el físico, cosmólogo y profesor del MIT Max Tegmark escribe "Vida 3.0: ser humano en la era de la Inteligencia Artificial". La tesis de Tegmark es que el desarrollo de la IA vendrá marcado en sus límites únicamente por lo que establezcan las leyes de la física, lo que posibilita un escenario enormenente amplio, ante el cual tenemos dos opciones: intervenir desde ya mismo para tratar de obtener el retorno lo más beneficioso posible o ir a parar a donde la corriente nos lleve. También escribía algo, hace no mucho, acerca de este libro.


Continuando con la perspectiva humanista, la que más ha despertado mi interés (me temo que aquí no voy a sorprender a nadie) es la de Yuval Noah Harari. Claramente, "21 lecciones para el siglo XXI" es un libro que conviene revisitar con frecuencia para no perder de vista la importancia de las preguntas - me gusta entenderlo como preguntas - que a lo largo de sus páginas se plantean. Sin embargo, del historiador israelí me quedo con "Sapiens: de animales a dioses" y la construcción histórica que hace de los más profundos comportamientos humanos, determinantes para comprender muchas de las situaciones que vivimos hoy como especie.


En lo que se refiere al plano de las instituciones y el gobierno, ha capturado mi atención la reflexión crítica de Jason Brennan, profesor de Estrategia, Economía, Ética y Políticas Públicas en la Universidad de Georgetown, en "Contra la democracia". En esencia, Brennan entiende la democracia no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio de la elección del mejor gobierno posible. Es evidente - no solo lo dice Brennan: lo pensamos unos cuantos y lo demuestran Trump, Johnson y la caterva de populistas que están al frente de nuestros gobiernos - que este instrumento no está generando muy buenos resultados últimamente. Y, por tanto, debería explorarse la búsqueda de nuevas herramientas que nos permitan mejores elecciones, combatiendo, entre otros factores, los profundos desconocimiento y fanatismo que imperan entre el electorado, acrecentados por la cada vez más sencilla manipulación informativa.


¿Por qué fracasan los países? A responder esta pregunta dedican su libro homónimo el economista del MIT Daron Acemoglu y el de la Universidad de Chicago James Robinson. La obra recorre extensamente el planeta de norte a sur y de este a oeste, igual que recorre los tres últimos milenios de Historia, para repasar casos que sustentan la tesis de los autores, de Roma a los mayas, de Mobutu a Mao. Dejo el enlace a la reseña que publiqué en su día.


Finalmente, el plano económico. Tampoco voy a pecar de innovador en este apartado. Para mí, el economista francés Thomas Pikkety hace un retrato preciso del insostenible incremento de la desigualdad y la concentración de la riqueza durante el último siglo en "El capital en el siglo XXI", ante la pasividad de gobiernos e instituciones, ante la insuficiencia redistributiva de políticas tributarias y sociales.

Las que ahora cito para cerrar no son libros, pero sí lecturas de actualidad muy convenientes sobre el rol de las empresas en todo este contexto. Por una parte, la sucinta declaración de la Business Roundtable (que acoge a casi dos centenas de CEOs de las principales corporaciones norteamericanas) acerca de que el propósito de las empresas debe ser servir a todos sus grupos de interés, no solo a los accionistas. Y, complementariamente, un artículo publicado en el New York Times por Marc Benioff (CEO de Salesforce, una de las empresas más exitosas en el contexto digital) que encabeza con una frase contundente:

El sistema actual ha llevado a una profunda desigualdad. Para solucionarlo, necesitamos que las empresas y los ejecutivos valoren el propósito junto con el beneficio.

Lamentablemente, todavía no he encontrado ninguna lectura sobre la crisis climática que huya del increíble fanatismo que rodea esta discusión. Agradeceré cualquier recomendación al respecto, así como nuevas propuestas de libros, de perspectivas distintas que ayuden a sobrellevar mejor estos tiempos interesantes.

(*) De hecho, la mera circunstancia de que Donald Trump y Boris Johnson encabecen los gobiernos de dos de los países más poderosos del planeta es, en sí mismo, una muestra inequívoca de crisis democrática.

[Imagen de apertura: Noupload en Pixabay]

Ser humano en la era de la IA: la necesaria visión de un físico


Últimamente son numerosos los libros que se publican con reflexiones al respecto del presente y el futuro en la realidad de la inteligencia artificial: los más vienen a visitar lugares comunes sin verdaderas aportaciones originales; los menos construyen con puntos de vista o aproximaciones diferentes, novedosas. Entre estos últimos se encuentra Vida 3.0: ser humano en la era de la Inteligencia Artificial, del físico, cosmólogo y profesor del MIT Max Tegmark.

Lo que más me ha gustado del texto de Tegmark proviene, precisamente, de las disciplinas en las que es experto. Así, descendiendo al nivel atómico y a los estratos más básicos de la materia, explica cómo la información, la memoria pueden adquirir entidad propia, con independencia de que su sustrato físico sea carbono o silicio; y que, en tanto la computación es una transformación desde un estado de memoria hasta otro, lo mismo ocurre con la inteligencia y el aprendizaje. El único límite a su desarrollo es el que establecen las leyes de la física.

En el extremo opuesto, en sus capítulos finales el libro proyecta el impacto del advenimiento de la IA a escala cosmológica, tanto temporal como espacialmente, vinculando con conclusiones asombrosas la capacidad de cómputo y los agujeros negros, recordándonos los tenues límites entre materia y energía.


Pero lo que hoy traigo a este artículo no es nada de lo anterior, sino una serie de reflexiones que se producen en el capítulo del libro que se centra en el futuro próximo, en los años y décadas más inmediatos. El que se inicia tras una frase de Irwin Corey:

Si no enderezamos el rumbo pronto, acabaremos allí donde estamos yendo

Tegmark repasa los avances más recientes de la IA y razona sobre su aplicación a ámbitos comunes de la esfera pública como la justicia, la salud, el empleo, la seguridad o la legislación. Y deja lanzadas muchísimas preguntas de calado que deberían formar parte de las agendas políticas de todos los gobiernos y legislativos del mundo.

Al inicio de la reflexión, formula preguntas muy generales

¿Cómo podemos modificar nuestros sistemas legales para que sean más justos y eficientes y no pierdan comba respecto a los cambios tan rápidos que se producen en el panorama digital?
¿Cómo podemos acrecentar nuestra prosperidad a través de la automatización sin privar a la gente de ingresos o del sentido de su vida?

que luego va concretando a medida que avanza por las diferentes temáticas. Por ejemplo, plantea el sueño de tener un sistema de justicia eficiente, rápido e imparcial optimizado a través de la tecnología:

Algunos expertos sueñan con automatizar [la justicia] por completo mediante robojueces: sistemas de IA que aplican incansablemente los mismos elevados estándares legales a cualquier sentencia sin sucumbir a errores humanos como sesgos, fatiga o carencia del conocimiento más actualizado.

Ahora bien, si los robojueces tuvieran sesgos, errores o fuesen hackeados,

¿Sentiría todo el mundo que entiende el razonamiento lógico de la IA lo suficiente para respetar su decisión? El machine learning es más eficaz que los algoritmos tradicionales, pero a costa de resultar inexplicables. Si los acusados quieren saber por qué han sido condenados, ¿no deberían tener derecho a una respuesta mejor que "entrenamos al sistema usando una enorme cantidad de datos y esto es lo que decidió"?

Pero un buen sistema de justicia no se basa solo en la correcta aplicación de las leyes, sino que el contenido de estas resulta esencial. Es evidente que la evolución de nuestro marco normativo debe ser cada vez más ágil dado el ritmo que marca la tecnología y que, sin duda, expertos en ésta deben ser partícipes activos en la función legislativa. Ahora bien,

¿Debería ir eso seguido de sistemas de ayuda a la toma de decisiones basados en IA para votantes y legisladores, y a continuación directamente de robolegisladores?

El de la justicia y las leyes es solo uno de los ámbitos de discusión sobre el futuro inmediato que plantea Tegmark. También escribe acerca de la tensión entre privacidad y libertad de información que ya vivimos en nuestros días ¿Dónde deberíamos trazar la línea entre justicia y privacidad, entre la protección de la sociedad y la libertad personal? ¿Es positiva o conduce a un estado orwelliano la combinación de identificación biométrica potenciada por IA y cámaras en los espacios públicos? ¿Debemos sentirnos acosados por esta ubicación permanente o aliviados porque nos pueden defender cuando el deepfake se generalice?

O sobre la posible concesión de derechos a las máquinas. Cuando un vehículo autónomo cause un accidente, ¿quién debería ser el responsable? ¿sus ocupantes, su dueño, su fabricante, la empresa de mobility as a service? ¿o el propio automóvil? Y si otorgáramos a la máquina responsabilidad civil, ¿deberíamos otorgar algún otro derecho u obligación jurídica?

Particularmente inquietante es el apartado dedicado a las armas, a su regulación y a su empleo por parte de los ejércitos y las fuerzas de seguridad. ¿Debemos permitir que los países desarrollen armas cada vez más letales basadas en IA (complementada por otras tecnologías como los drones)? ¿Debemos normalizar un futuro no tan lejano de armas autónomas como ahora estamos normalizando el de vehículos autónomos? ¿Cómo garantizaríamos que se mantuvieran siempre al servicio de la ley y la justicia? ¿O, simplemente, que no fueran defectuosos? Algunas perspectivas no son precisamente tranquilizadoras:


Por supuesto, el capítulo también se centra en el impacto de la disrupción tecnológica en el empleo y, como consecuencia inmediata, en la desigualdad, algo que ya hemos traído por estas páginas en otras ocasiones. Y pasa superficialmente por el impacto en otras áreas, igualmente relevantes, que se deriva de la combinación de la IA con otras tecnologías como IoT, blockchain, impresión 3D o biotecnología: en los sistemas de salud y su sostenibilidad y acccesibilidad; en el rol de los países en desarrollo en las cadenas globales de producción si no conforman habilitantes digitales; en el ámbito financiero, cuestionando los paradigmas actuales de la moneda, los mercados financieros y los bancos centrales; o en la movilidad urbana, tanto para el transporte de personas como de mercancías, a través de vehículos autónomos.

En general, las respuestas a los interrogantes que se generan sobre esta temática adolecen de dos problemas: en primer lugar, porque proponen frenar, retrasar o prohibir un desarrollo tecnológico que es imparable (y, en las condiciones adecuadas, deseable); en segundo, porque suelen plantear respuestas de blanco o negro. Prohibamos la videovigilancia biométrica en las calles o demos carta blanca a cualquiera para hacerlo.

Como indica Tegmark, la decisión no es de todo o nada, sino que tiene que ver con el grado en que queremos desplegar la IA en nuestra vida y la velocidad a la que hacerlo. Volviendo a la justicia, el libro concreta los siguientes interrogantes

¿Queremos que los jueces dispongan de sistemas de ayuda a a la toma de decisiones basados en IA, como los médicos del mañana? ¿Queremos ir más allá y que los robojueces dicten sentencias que puedan apelarse ante jueces humanos, o queremos llegar hasta el final y cederles también la decisión última a las máquinas?

Desde luego, la respuesta a estas preguntas y todas sus equivalentes es cualquier cosa menos sencilla. Requiere una reflexión profunda, sosegada, multidisciplinar y global. Es decir, requiere tiempo, mucho tiempo. La mala noticia es que no estamos sobrados de ese tiempo y, pese a ello, nos estamos dando el lujo de perderlo, porque el desarrollo tecnológico no detiene su frenético progreso: antes al contrario, lo acelera.

Quizás debiéramos esperar que las aportaciones de un físico y cosmólogo a los dilemas que genera la IA se limitaran a la independencia de la inteligencia de su sustrato material o a las posibilidades de su expansión por el Universo cuando pueda viajar a velocidades cercanas a la de la luz.

Afortunadamente, Max Tegmark tomó conciencia de la importancia de abordar de manera inmediata los interrogantes que se ciernen sobre el futuro más inmediato, de anticiparnos. Por ello, co-fundó el Future of Life Institute, en el que se encuentra respaldado por Erik Brynjfolsson, Nick Bostrom, Elon Musk o Martin Rees, entre otros. Su misión es catalizar y apoyar iniciativas para salvaguardar la vida y desarrollar visiones optimistas del futuro, incluidas maneras positivas de que la humanidad dirija su propio curso considerando las nuevas tecnologías y sus desafíos. Su lema es un tanto más drástico...

Technology is giving life the potential to flourish like never before... or to self-destruct. Let's make a difference!

Efectivamente, el tiempo se agota si queremos ser nosotros quienes escribamos la historia del futuro que nos depara la tecnología. En realidad, no creo que tengamos opción: el impacto será tal - está siendo tal - que no nos podemos permitir el lujo de dejar el futuro inmediato sin timón, a merced de la marea. Reparafraseando a Irwin Corey, si no enderezamos el rumbo pronto, acabaremos allí donde la corriente nos lleve. Estaremos de acuerdo en que es un riesgo que no conviene correr...

[Acreditación de la foto de cabecera: sujins]

Por qué fracasan los países


¿Por qué Corea del Norte y Corea del Sur se encuentran en las antípodas del desarrollo si hasta la Segunda Guerra Mundial eran el mismo país? ¿Por qué había tanta diferencia entre las dos Alemanias que se reunificaban tras la caída del Muro de Berlín en 1989, menos de medio siglo después de la separación? ¿Por qué Guatemala es pobre y Dinamarca es rica? ¿Por qué los neozelandeses tienen una vida confortable y los etíopes viven en la miseria?

¿Por qué, esta misma semana, la situación en Paraguay deriva en un asalto al Congreso durante el que se le prende fuego? ¿Por qué, esta misma semana, el Tribunal Supremo venezolano deja sin competencias a la Asamblea Nacional y, apenas unas horas después, se las devuelve?

¿Por qué fracasan los países?

A responder esta pregunta dedican su libro homónimo el economista del MIT Daron Acemoglu y el de la Universidad de Chicago James Robinson. La obra recorre extensamente (quizás demasiado) el planeta de norte a sur y de este a oeste, igual que recorre los tres últimos milenios de Historia, para repasar casos que sustentan la tesis de los autores, de Roma a los mayas, de Mobutu a Mao.


En realidad, se han hecho múltiples intentos para resolver ese interrogante. Y las teorías desarrolladas hasta la fecha apuntan a factores como el clima, la geografía, la cultura o incluso la ignorancia de las clases dirigentes. Ninguno de ellos suficientemente convincente y todos desmontados de manera categórica por los autores.

Una vez más, la navaja de Ockham. La explicación de Acemoglu y Robinson no puede ser más sencilla:

Los países pobres lo son porque quienes tienen el poder toman decisiones que crean pobreza. No lo hacen bien, no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito.

Así, todo país se estructura en torno a instituciones políticas (gobierno, leyes, poderes) y económicas (competencia o monopolio, derechos de propiedad o inseguridad jurídica, apertura o proteccionismo). Y éstas pueden ser inclusivas o extractivas. Las primeras, pluralistas, posibilitan la participación de la gran mayoría de las personas en la actividad económica en condiciones de igualdad, aumentando la productividad y la prosperidad. Las segundas, elitistas, extraen la riqueza de la sociedad en general para beneficiar a un subconjunto reducido.

Obviamente, los países que avanzan en igualdad son los que tienen instituciones políticas y económicas inclusivas. Pero si las instituciones son extractivas, el país se estanca y empobrece, entrando en un ciclo de realimentación que incluso puede terminar llevándolo al colapso, como ocurrió con la civilización maya.

Apuntáis alto, maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, sería su ruina al privarles de empleo y convertirlos en mendigos. (Isabel I, en 1589, al negarle a William Lee una patente para la máquina de tejer)

Así, la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra, que derrocó a Jacobo II, tuvo una base social suficientemente amplia como para persistir en el tiempo y sentar las bases de la primera democracia parlamentaria, consolidando instituciones inclusivas. Este modelo se extendió a las colonias inglesas, resultando en que Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda forman parte del club de países prósperos en la actualidad.

Un siglo después, la revolución francesa marcó el final del absolutismo en el país galo. De la mano de Napoleón, las instituciones pluralistas se extendieron a Europa Occidental, mientras en el Este zares y emperadores enquistaban un sistema cuasi-feudal que sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX.

Por el contrario, las condiciones de esclavitud que impusieron los españoles en todo su imperio ultramarino generaron instituciones extractivas, orientadas a enriquecer a las élites conquistadoras y a enviar toda la riqueza posible a la metrópoli. Tras los procesos de independencia de principios del XIX, los nuevos gobernantes perpetuaron esas instituciones extractivas (la ley de hierro de la oligarquía, enunciada por el sociólogo Robert Michels), en muchos casos hasta hoy.

Esa misma ley de hierro ha mantenido a África en el subdesarrollo, con dictaduras miserables que dieron continuidad al expolio llevado a cabo por los europeos durante la época colonial.

La élite, sobre todo cuando ve amenazado su poder político, forma una barrera enorme frente a la innovación.

Así que la explicación a la desigualdad en el mundo es bien sencilla. Los países pobres lo son porque el poder se concentra en las manos de unos pocos, quienes lo utilizan para explotar a la gran mayoría en su propio beneficio. Cualquier cambio – social, político o económico – puede ir en merma de la riqueza de las élites, por lo que éstas, desde el control de las instituciones, se oponen radicalmente a que sucedan. Se genera, entonces, un círculo vicioso que perpetúa la situación. Como en Paraguay o Venezuela…

Puro sentido común, diría yo, es el sustento del razonamiento de los autores. Puro sentido común bien respaldado por hechos. Lamentablemente, el libro nos deja sin soluciones, sin armas para romper el círculo vicioso.

[Acreditación de la imagen de cabecera]

La segunda era de las máquinas



Acabo de terminar de leer The Second Machine Age, de los profesores de la MIT Sloan School of Management Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, libro al que llegué casi por casualidad leyendo sobre el gran desacoplamiento.

The Second Machine Age reflexiona sobre el impacto social y económico que la acelerada digitalización y la exponencial evolución tecnológica (desde la inteligencia artificial a la robótica, pasando por los vehículos autónomos o el Internet de las cosas) está teniendo y va a tener en el corto y medio plazo.

La tesis principal del libro es que la digitalización va a generar un desarrollo económico sin parangón en la historia de la humanidad (bounty) pero, al mismo tiempo, fortísimas tensiones que aumentarán, potencialmente mucho, las brechas de desigualdad social (spread).

Utilizando la funcionalidad de subrayado del Kindle fui tomando bastantes notas durante la lectura. Al revisarlas, me pareció que con algunas de ellas – frases brillantes en muchos casos, tanto de los autores como de otros reputados economistas – se podía hacer un buen resumen del libro, que me animo a compartir en las siguientes líneas.

La primera parte, dedicada a describir las principales tecnologías que están detrás de este efecto, es probablemente la menos sugestiva, dado que la mayoría ya forman parte de nuestras lecturas cotidianas, cuando no de nuestra realidad diaria.

Quizás aquí reside, al tiempo, el interés y el desinterés del inicio: la obra fue escrita entre 2013 y 2014; entonces el vehículo autónomo estaba en sus albores, Watson no presentaba la madurez actual y Uber o Airbnb eran todavía anécdotas. En apenas tres años la evolución ha sido salvaje, lo que otorga mucha más fuerza al argumento del advenimiento de la segunda era de las máquinas.

Llega la segunda era de las máquinas. La informática y otros avances digitales están haciendo con el poder de nuestras mentes – la capacidad de usar nuestros cerebros para entender y dar forma a nuestro entorno –  lo que la máquina de vapor y sus descendientes hicieron con la fuerza de nuestros músculos. Nos están permitiendo eliminar limitaciones y llevando a un nuevo territorio.

Pero la disrupción económica que se deriva de la cada vez mayor disponibilidad y potencia de las tecnologías digitales también generará efectos adversos, especialmente sobre el empleo:

El progreso tecnológico va a dejar atrás a algunos, tal vez incluso a muchos, a medida que avanza.

Frente al habitual análisis basado en tareas intelectuales o manuales como elemento que define el colectivo de empleos en riesgo por la automatización, los autores hablan de tareas rutinarias y no rutinarias como el factor decisivo, entre otros motivos por la paradoja de Moravec, (que de momento deja a salvo a jardineros o peluqueros, entre muchos otros, y sitúa en el ojo del huracán a analistas de riesgos o contables, por citar algunos)

El descubrimiento, por parte de los investigadores en inteligencia artificial y robótica, de que, contrariamente a los supuestos tradicionales, el razonamiento de alto nivel requiere muy poca computación, pero las habilidades sensoriomotrices de bajo nivel requieren recursos computacionales enormes.

Pero la parte más interesante del libro es la central, que analiza los efectos sociales y económicos que ya se están generando. Particularmente atractivo es el debate sobre el impacto real que la digitalización tiene en el crecimiento, en contraste con las tesis del prestigioso Robert Gordon, quien considera que la actual revolución tecnológica presenta un mucho menor alcance que el que en su día tuvo la introducción de la electricidad o del automóvil.

Frente a esta posición, Brynjolfsson y McAfee piden tiempo para que la innovación pueda aprovechar el potencial exponencial de la digitalización. Y, al tiempo, cuestionan las métricas económicas actuales – principalmente el PIB – y su (in)capacidad de recoger los efectos en la economía y el bienestar del desarrollo tecnológico.

La gran ironía de la era de la información es que, en muchos sentidos, sabemos menos de las fuentes de valor en la economía que lo que sabíamos hace cincuenta años.

¿Cómo podemos medir los beneficios de servicios gratuitos que no existían a ningún precio años atrás? […] Los dólares analógicos se han convertido en centavos digitales.

[En 2013] los usuarios de Facebook pasaron alrededor de 200 millones de horas cada día en la red social, gran parte creando contenido para que otros usuarios consuman. Son diez veces más horas-persona que las que se necesitaron para construir todo el Canal de Panamá.

Lamentablemente, el bounty tiene su reverso en el spread

Los rápidos avances en nuestras herramientas digitales están creando riqueza sin precedentes, pero no hay ninguna ley económica que diga que todos los trabajadores, o incluso una mayoría de ellos, se vayan a beneficiar de esos avances.

De hecho, el incremento de la riqueza en Estados Unidos entre 1983 y 2009 fue muy grande, pero solo el 20% más rico vio incrementados sus activos; o, dicho de otro modo, el 80% de los estadounidenses no solo no se beneficiaron de ese crecimiento, sino que vieron decrementada su riqueza. Adicionalmente, la movilidad social se ha visto marcadamente reducida.

Los autores desarrollan dos conceptos muy interesantes detrás de esta situación:

  • La digitalización está impulsando mercados del tipo winner takes all, que limita a un único actor (Google en búsquedas, Amazon en retail, Facebook en medios) la captura de prácticamente todo el valor; o, en el mejor de los casos, winner takes most (Apple Store y Google Play en apps para celulares).

  • La digitalización genera tres tipos de brechas: skill biased, que favorece a los trabajadores con más capacitación; capital biased, debida a la sustitución de trabajadores por capital físico (robots, automatización); y talent biased, generada por los mercados winner takes all, y por la que altos directivos o emprendedores exitosos, que capturan todo el valor de esos mercados, obtienen remuneraciones exorbitantes.

Y, en cualquier caso, concluyen

La era de las campanas de Gauss que representaban una clase media palpitante se ha terminado. Nos encaminamos a una etapa de distribución exponencial de las oportunidades económicas.

En la tercera y última parte, Brynjolfsson y McAfee emiten una serie de recomendaciones para hacer frente a este radical cambio que estamos afrontando, de las cuales me permito destacar cuatro agrupadas según mi criterio.

Por un lado, asumir que se genera una situación de desempleo tecnológico, motivada por que el descubrimiento de medios para economizar el uso de mano de obra supera el ritmo al que podemos encontrar nuevos usos para el trabajo. Y, en consecuencia, explorar políticas tributarias y sociales que permitan mitigar esta situación (como la renta básica universal o el impuesto negativo sobre la renta que ya desarrollaran Friedman y Tobin en los sesenta).

En segundo lugar, educación, educación y educación. La brecha skill biased es ya una amenaza y no queda espacio para dejar las políticas educativas en segundo término.

En el futuro, tu sueldo dependerá de lo bien que trabajes con robots.

La desigualdad es una carrera entre la Educación y la tecnología, por usar una frase acuñada por Jan Tinbergen.

Necesitamos modelos digitales de enseñanza y aprendizaje. No solo una capa de tecnología sobre modelos obsoletos.

En tercer lugar, políticas que fomenten la innovación, incluyendo políticas de inmigración generosas, programas de atracción de emprendimientos (entre los que los autores destacan a Chile) o “visas de emprendimiento” como la que acaba de poner en marcha Francia.

Hay un acuerdo generalizado entre los economistas en que las políticas de inmigración generosas benefician no solo a los inmigrantes, sino a las economías de los países a los que se mudan.

Y, por último, resistir las tentaciones de proteger el status quo en perjuicio del progreso, como muchos gobiernos y legislativos están empeñándose, lamentablemente, en hacer.

Como dice Tim O’Reilly, habrá esfuerzos para proteger el pasado frente al futuro.

En fin, extraordinaria reflexión sobre el futuro que ya está aquí, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Un futuro extraordinario. De nosotros depende que sea extraordinariamente bueno o extraordinariamente dramático.

[Acreditación de la imagen de cabecera]